UNA OBRA POLÉMICA


2013-05-17-proceso-penal-jesus-nazaretLa figura central del Cristianismo es el tema de un nuevo libro presentado este jueves ante el público fronterizo. Se trata de El proceso penal de Jesús de Nazaret, obra de la autoría de Jorge Álvarez Compeán, notario público, docente universitario y ex Secretario del Ayuntamiento de Ciudad Juárez.

No se trata de una obra religiosa, sino el resultado de un trabajo de investigación sobre la visión histórico-jurídica de la época, para reconocer a la persona de Jesús que, si se le despoja de su divinidad, es un ser muy complejo, dijo el autor durante la presentación.

Este escrito de 536 páginas tiene como fuentes la versión protestante de la Biblia (la Vulgata) y otras 250 obras, para un total de 1,500 referencias a pie de página, agregó. Una editorial de Guadalajara fue la encargada de la publicación.

El escritor indicó que trabajó dos años en la recopilación de datos y en la integración del escrito, dedicándoles los fines de semana al tener que atender sus actividades profesionales.

-Fue un trabajo en soledad y de mucha reflexión…- expresó al tiempo de recalcar que durante años había pensado abordar el tema, el cual asegura es tratado con mucho respeto, y con mucho cuidado de no lastimar las creencias de quienes se acerquen a este libro, aunque reconoció que se trata de “una obra controversial, difícil”.

Recalcó que no pretende que sea ésta la verdad, pero que es el resultado de un riguroso trabajo de investigación que está ahora a la consideración de los lectores.

A la presentación realizada en la Librería Universitaria y organizada por la máxima casa de estudios local, asistieron académicos, miembros del notariado y del Poder Judicial, políticos y público en general.

Los comentariastas fueron los académicos Patricia Royval, Javier Camargo Nassar y Jorge Alberto Silva. Del tercero, a continuación su excelente reseña:

Agradezco la invitación para presentar esta obra extraordinaria, aunque debe aceptarse que no soy el más idóneo para el tema histórico que ofrece. Por un lado, porque no soy experto en temas con estos contenidos. No obstante, he aceptado solo por dos razones: i) porque Jorge es compañero universitario, al que conozco desde hace ya varios años, y ii) porque si hay algo que me guste en el talento humano es su curiosidad y capacidad para la investigación. Durante muchos años me he dedicado a esto, comenzando con cuestiones metodológicas y epistemológicas, a partir de enfoques propios de la filosofía analítica. Son las razones que me comprometen a estar presente en este lado de la mesa. Mi presentación girará, principalmente, sobre el medio empleado para conocer el evento histórico del que habla la obra.

 Comienzo por reconocer que se trata de una obra fina, sus detalles, su impresión, el papel. Presenta títulos, epígrafes cortos y desarrollos temáticos concretos, vinculando cada una de las proposiciones formuladas, presentando un discurso consistente y congruente; todo, acompañado de notas abundantes, algunas aclaratorias, otras relacionadas con los créditos bibliográficos y muchos juicios de valor y tomas de posición frente a un hecho. La consistencia se advierte del simple discurso y la congruencia en la medida en que enlaza sus juicios con hechos externos, ya ocurridos o que se afirman acontecieron. Mezclando su objeto de conocimiento con diversos juicios de valor y creencia.

Me resulta impresionante la portada, que se corresponde con un cuadro pictórico de Andrea Solario que recuerda las palabras de Poncio Pilatos Ecce homo (como también se denomina el cuadro) he aquí el hombre, “¡ya, llévenselo, hagan lo que ustedes quieran, yo me lavo las manos!” Algo que ocurre con frecuencia con nuestros políticos cuando son presionados por un grupo de inconformes que reclaman lo irreclamable. El autor de la obra es Solario, un pintor medieval que plasma su sentido de religiosidad retratando el sufrimiento de cristo.

Al lado de la obra de arte, debo referirme al discurso de nuestro autor. Un estudio como el que nos presenta, no solo requiere solo conocer el Derecho penal, sino un derecho penal histórico, un derecho del que los humanos de hoy carecemos a partir de la experiencia directa. Nuestras fuentes de acceso al objeto de conocimiento no son fáciles y, de hecho, no son directas. Lo que veo es que nuestro autor confiesa y se tropieza con los medios para acercarse a su objeto. ¿Cómo conocer un hecho que se afirma ocurrió hace dos mil años?

Simplemente la Biblia, que es una de las fuentes de conocimiento de este hecho, tal vez la principal, se encuentra multiplicada en varias versiones, escritas en diferentes épocas y lugares. Es decir, no hay una y única Biblia. Ante esto, me parece importante que el autor hubiese elegido una versión bíblica, aunque bebe en varias de las versiones. Luego, ante la imposibilidad de equilibrar las diversas versiones habidas, obliga al escritor a una toma de posición sobre los hechos y, con frecuencia, a una encubierta toma de posición metodológica, lo que supone la toma de enfoque para la investigación.

Álvarez eligió, prima facie, la Biblia Valera de 1569, que se hunde en la Vulgata de 382 DC. Al parecer, la versión más cercana en el tiempo a los hechos que trata de conocer y narrar como objeto de explicación y análisis.

El autor sabe y lo admite, que para acercarse a su objeto de conocimiento cruzó por un “camino empedrado por prejuicios, supersticiones, leyendas y falsas creencias” (p. 19) y esto, sin contar con tantos y tantos mitos que llegan hasta ahora, incluso, que se complican con las versiones de la películas hollywoodenses, incluidas las versiones dadas por cada una de las versiones de los diversos grupos cristianos (incluidos los católicos) y judíos. Vamos, se trata de un trabajo en realidad complicado, que no fácilmente aceptaría un historiador y, menos, un jurista. De cualquier forma, Álvarez acepta el reto.

Una historia del proceso de Jesús, que procura dejar en el centro de la obra, incluye, en sus contextos (unos amplios y amplísimos contextos) la historia judía, sus templos, leyes (incluidas sanciones y procedimientos).

Sabido es la dominación romana y su amplio imperio dominante, dentro del que se encontraba el pueblo judío. En este sentido, esta parte de la historia romana la continua complementando el discurso histórico literario.

Cabe resaltar las especificaciones que hace Álvarez sobre el desarrollo del derecho romano, pero aquí debo hacer notar que aunque los juristas creemos conocer la historia jurídica romana, pues durante un largo tiempo tuvimos que estudiar ese apartado de la historia de la cultura humana, lo cierto es que los apartados que cubre la obra de Jorge Álvarez, van más allá de aquello que conocimos (aunque, en realidad, gran parte la hemos olvidado). Esta parte de la historia del derecho romano se nos complica en el conocimiento, pues hay diferencias entre lo que hemos conocido por vía de textos, con lo que en términos de hecho ocurría (la lex como ius y la lex como factum), y más, cuando se trataba de una región distante de la capital del imperio. Lo que los teóricos del derecho llaman eficacia, eficacia que no siempre es la misma en diversos lugares aunque se trate de un mismo orden jurídico.

Para este momento de la obra, Jorge parece dejar los contextos y antecedentes, e iniciar con el proceso penal, quid de la obra. 536 amplios y nutridas páginas han dejado como colchón y marco para iniciar con el punto central que lo atrae.

Pues bien, uno esperaría (un lector como yo) que por aquí ya inicie el autor con el proceso de Jesús, pero no. Álvarez continúa contextualizando en el ambiente del personaje central con otras poco más de 100 páginas, sumamente detalladas.

Por aquí comienza con la personalidad del justiciable. Por ello se detiene en examinar su personalidad, al que algunos calificaron como un ‘loco inofensivo”, un agitador, como Álvarez lo anota. Además de examinar la personalidad del nazareno, Jorge habla de su familia, sus hermanos, su educación, su trabajo.

A pesar de los problemas en las fuentes de conocimiento, en el proceso penal, que Álvarez inicia a partir de la detención, va narrando, no solo las versiones míticas, sino diversas tesis y opiniones, de varios estudiosos del tema (creíbles e increíbles), proporcionando elementos de juicio para el lector interesado.

Ya para concluir y sobre el proceso penal, examina los diversos medios de prueba, sus procedimientos y valoración, órganos de gobierno intervinientes, formalización de la acusación, hasta la sentencia de condena y sanción impuesta. Todo, a partir de estas fuentes empleadas. Se sigue, incluso, con el procedimiento que se siguió hasta la ejecución. Remata con una síntesis sobre los casos de Dimas y Gestas.

Regreso a un punto por donde comencé. De mi interés han sido las fuentes sobre las que bebe el autor. En cuatro grupos divide el autor las fuentes de conocimiento, comenzando con la Biblia. Pero aquí no hay que olvidar las referencias bíblicas cubren la fuente de mayor importancia. Para comenzar, este texto no lo escribieron testigos presenciales, sino otras personas que por los dichos y palabas que se sucedieron en el tiempo, narraron la historia del personaje central del que por oídas conocieron (fueron testigos de oídas o testis de auditu), El hecho es que, como se ve, estos que narraron la historia no conocieron a Jesús, elemento de importancia, que reconoce nuestro autor, y con el que inicia y prosigue su historia (p. 371).

Para un historiador riguroso esta fuente de conocimiento (al igual que para un juez), se encuentra afectada. Simplemente los evangelios que hablan del personaje central y su proceso fueron escritos 70 u 80 años después de los hechos narrados.

A Jorge no le importa este elemento (así lo admite). A pesar de ello, estima que se trata de la mejor fuente “que tuvo a su alcance” (p. 372). Y es indudable, fue la fuente más cercana que se encuentra al alcance de cualquier investigador del dato histórico, aunque no necesariamente a los hechos narrados, por cuanto que no es una fuente directa.

Como decía, se afianza en la Vulgata como la más confiable, dado que otras versiones de la Biblia han hecho cambios con “mucha liberalidad” (p. 373). Son impresionantes los datos que el autor nos rebela respecto al número de versiones de la Biblia. Ahí anota:

Wedding Fricke sostiene que “solo tenemos transcripciones de transcripciones”, y agrega que un manuscrito hallado en Estambul en 1966, que relaciona los primeros siglos del cristianismo “dice que existían unas ochenta versiones diferentes de los evangelios.” Cuando Strobel se pregunta ¿cuántos manuscritos griegos del nuevo testamento hay en existencia hoy día? Bruce Metzger le responde que: “catalogaron más de cinco mil”. Bart Ehrman dice que John Mill, dedicando treinta años de su vida, confrontó aproximadamente un centenar de manuscritos griegos contra las ediciones impresas del Evangelio de su época, encontrando más de treinta mil variaciones textuales, y agrega que, según el último recuento, se han descubierto más de cinco mil setecientos manuscritos griegos de este documento, es decir, cincuenta y siete veces la cantidad que Mill utilizó en su esfuerzo, lo que permite dimensionar el número de diferencias literales que se pueden presentar si hoy se estudiaran (p. 374).

Aun así, para complicar más las fuentes de conocimiento Álvarez alude a otra fuentes, Así, otras de las fuentes (y a las que me referiré rápidamente) son, los llamados evangelios apócrifos, que algunos grupos religiosos no han querido reconocer, pero que sin duda, no puede dudarse de su historicidad, según lo precisa nuestro autor. En otro grupo de fuentes caben, así lo dice, diversas fuentes no cristianas.

En fin, debo concluir. Espero no haber dejado un mal sabor de boca. La obra vale, es de gran importancia. El dato histórico narrado queda para el lector entre reconocerlo por “pura fe” o cuestionarse su soporte histórico. Me parece que el autor fue cauto y no respondió a esta interrogante. Pero, sin duda alguna, abrió el debate, que ahora se inicia.

Mis felicitaciones a su autor, Recomiendo la obra.

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