ENCUENTRO ARTÌSTICO CON EL CHARCO


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En la ciudad gimotea la lluvia desde horas antes, desde antes que sonara la alarma. Apenas roza una con su curva el suelo, una gemela se invierte. Respirando giras la perilla, empujas, aspiras… el aire húmedo da indicios.
Elena Trejo

Una exposiciòn poco comùn se encuentra a la consideraciòn del pùblico en la galerìa Juàrez Contemporary desde el pasado fin de semana.

2015-06-14-de-paso-elena-trejo (3)Se trata de la instalaciòn intitulada “De paso”, creada por la artista Elena Trejo teniendo como inspiraciòn el agua de lluvia acumulada en las calles de la ciudad.

La obra consiste en una serie de pequeños receptàculos elaborados  a base de cemento blanco y que presentan grietas (como el pavimento) cubiertas por agua.

Todo el conjunto se encuentra distribuido por el piso e iluminado por haces de luz desde cuatro esquinas. La mirada del espectador, por supuesto, se debe dirigir en todo momento hacia abajo, e inclusive hay que adopta una postura en cuclillas para apreciar mejor cada parte de la obra.

La obra tiene un componente multimedia, con un par de proyecciones -mediante cañones- de videos relacionados con la lluvia, y que el visitante puede observar sentado en una banca.

Este fue el trabajo de titulaciòn de Elena Trejo en el Programa de Artes Visuales en la Universidad Autònoma de Ciudad Juàrez, y de ahì surgiò la invitaciòn para exponer en Juàrez Contemporary.

A continuaciòn, la reseña que acompaña esta obra:

DE PASO, es la manifestación poética que surge en el paseante, ese que pasea con ojos de artista, que anda en la ciudad, en el espacio de lo cotidiano y que no se desprende de la práctica de observar. En esta ciudad desierto, ese paseante que intuye la sorpresa de hallarse envuelto entre precipitaciones que se suscitan a temporadas; ante gotas y goteras, y ocasionalmente sumergido entre los reflejos/espejos acumulados en la acera es Elena Trejo.

Trejo nos habla de la lluvia, ese fenómeno que en los orìgenes de su observación fue para la Humanidad una deidad misma, un estado ansiado, necesario, al que después se le esquiva. Dice Trejo que la lluvia nos permite ir más despacio, más calmos. Y cómo no hacerlo. Todo fenómeno nos obliga a ser reservados. Esquivos. Esta última palabra resulta importante para ella, pues aquel que camina, esquiva. Aquel que pasea, encuentra. Y advierte, la ciudad puede pasearse al llover. –Sí, esta ciudad-, dice ella.

Por ello, en la obra de Trejo encuentro un aire Gaggiottiniano, por decirlo de alguna manera. Me refiero a que para ella, como para el autor, lo que configura una ciudad no puede reducirse a un conjunto de calles y edificios; a su infraestructura, sino que se necesita de la existencia de individuos, de habitantes que completen el escenario de la vida urbana, para que así, se escriba el texto ciudadano, ese que completa su sintaxis, otorgándole significados, algunos a gritos, otros entre susurros, y muchos más en formas como el paisaje. Y para ello, se necesita de una atención hacia lo externo y una introspección, para poder pasar a una reflexión: una que se encuentre en un proceso de transformación constante. Trejo menciona al describir su obra, que hablar de contemplación es dar por obligado que se ha entrado en un proceso de observación, de expectación; consciente de uno mismo y donde encontramos conciencia de aquello que vemos. Y es que, eso que vemos nos ve, porque ver implica ser visto. “El paisaje no es una realidad en sí, separada de la mira de quien lo contempla”. En el paisaje nos descubrimos. En el paisaje nos encontramos.

Así, enfrentarnos a la epopeya del auto-reconocimiento del sujeto. Su imagen. Es decir, aquella imagen-reflejo, imagen-identidad (encuentro), es la referencia sin aviso, de vernos frente a nosotros mismos, iguales y distintos, siendo a la vez por el reflejo que busca encontrarse quiero. En ese encuentro del Yo, sólo cuando un individuo se ve reflejado en otro (en esta ocasión, a través del encuentro con el charco), es que se le ofrece una imagen de su unidad, y puede el Yo alcanzar el eco de su identidad. Por ello, Trejo se pregunta si ¿jamás un ser humano es espontáneo a la vida por sí mismo? ¿Todo es por reflejo?

Ahora bien, si el agua acumulada en el pavimento puede provocarnos el pensamiento sobre la realidad misma que se encuentra ante su reflejo, ¿no es acaso que el reflejo enmarca las cosas, las edita, circunscribe, las encuadra, las vuelve imagen, las optimiza para la observación? ¿Estamos dispuestos a ver en ese espejo las expresiones directas del reconocimiento entre las personas? ¿Dotar de posibilidades de encuentre y reencuentro, de reflexión entre el entorno? Si lo es así, ¿acaso no podrá hacerse para con nosotros mismos?

Al ver la obra de Trejo intuyo que en la cosmogonía imaginaria del Olimpo de las Artes, una versión de Narciso, sentado y contemplando los nenúfares, ha sido pensada.

Tomás Contreras

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