ROCKSTAR DE LA WORLD MUSIC


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Un vibrante inicio tuvo el Festival Internacional Chihuahua 2017 este martes con la presentación de Ara Malikian en el majestuoso Teatro Víctor Hugo Rascón Banda.

Acompañado por un ensamble integrado por siete excelentes músicos, el violinista armenio -nacido libanés y naturalizado español-, desarrolló un amplio programa que fusionó la música clásica, el rock y los ritmos de Oriente Medio, con un toque New Age. También incluyó composiciones propias.

Así, Malikian y su  grupo lo mismo interpretan a Bach, Mozart y Vivaldi, que a Hendrix, Bowie,  Led Zeppellin y Radiohead (en versiones instrumentales). Hacia el final de la presentación -y antes ofreciendo una disculpa por el atrevimiento- interpretó La Llorona.

Se trata de un artista cuya expresión corporal casi rivaliza con su apasionada ejecución instrumental: camina, trepa, cae de rodillas, corre y baila, agitando su larga y alborotada cabellera. Una presencia escénica realzada por el impactante diseño de luces.

Su atuendo también es una fusión de estilos: del frac sólo porta el chaleco y saco (y éste roto en la parte posterior), camiseta y pantalones entallados con multitud de argollas y cremalleras, y calza botas de biker, todo en negro, al igual que las vestimentas del resto de sus músicos.

Entre pieza y pieza, Malikian narró su vida y la historia de su violín que como herencia familiar le acompaña en sus giras por el mundo. Este instrumento -contó- fue el factor para que su abuelo sobreviviera el genocidio armenio hace un siglo, al hacerse pasar por músico (sin serlo).

Las anécdotas del músico sobre sus andanzas en Europa arrancaron constantes risas del público, sobre todo la de Alfredo Ravioli, un imaginario fabricante de violines del siglo XVIII y el encuentro con el cantante británico Boy George, todo expresado en perfecto castellano con acento ibérico.

Un momento emotivo fue cuando Malikin ejecutó una composición propia dedicada a sus compatriotas que perecieron hace un siglo (1915) en el genocidio armenio, y a las víctimas de todo el mundo en todo tiempo. Bajo una luz cenital, el músico hizo llorar a su violín en la primera parte, y en la segunda, acompañado por el ensamble, el réquiem se transformó en una melodía laberíntica que desembocó en una oda a la esperanza.

También interpretó un vals dedicado a su pequeño hijo y algunas piezas del repertorio judío. Los añadidos hicieron que el concierto se extendiera hasta dos horas y media, aunque el músico en broma amenazó con seguir hasta la madrugada y a la mañana siguiente (con el karaoke y el after).

Ni que decir que el público recibió con marcado entusiasmo esta propuesta musical. En señal de aprobación, un espontáneo gritó: “¡Qué chingoneeees!”

Una cerrada ovación despidió a los músicos. (Fotos: FICH)

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